Este año ha sido el del coronavirus, sí, pero en estas últimas semanas nos estamos centrando a tope en escribir reflexiones sobre el mogollón de cosas que aprendimos de nosotros mismos y de la vida gracias al coronavirus. O por su culpa. 

Partamos de la base de que os devuelvo todo lo que aprendí, e incluso metería en el paquete a Joe Biden, si a cambio pudiese hacer que volviesen con nosotros los padres de tantos amigos, la actividad económica perdida y la sensación de invulnerabilidad de la que disfrutábamos hace unos meses. 

Pero como tal cosa es imposible, me voy a centrar en las lecciones que he recibido de tantos de vosotros sobre cómo exponer mis conclusiones tras un año tan catastrófico. Porque a fin de cuentas Mad Max, Johnny Mnemonic y Un lugar tranquilo estaban ambientadas en 2021, los años son conceptos arbitrarios y nada nos garantiza que no vayamos a liarla otra vez. Porque yo me vacunaré encantado y pagaría por hacerlo ya mismo, pero quién sabe lo que va a pasar en los próximos meses. Quizá cuando llegue diciembre de 2021 yo haya aprendido un montón de lecciones nuevas sobre animales exóticos que no conviene comerse y sienta la necesidad de compartirlas con vosotros. 

  1. A más tragedia, más aprendizaje.

Me cuesta ponerme serio con las lecciones de la COVID-19 cuando no se me ha muerto nadie, han ascendido a mi mujer, a pesar de mis propios retos laborales me enfrento a una oportunidad maravillosa, mis hijos están dando clase con la mejor ratio de estudiantes de su vida, vuelvo a no ir al gimnasio por afición y no por obligación, sigo aprendiendo cosas nuevas casi todos los días, estoy más enamorado que nunca, he escrito un libro que le ha gustado a algunas de las personas que se lo han leído y Papá Noel me ha dejado debajo del árbol el Tarot de Guillermo del Toro by Tomas Hijo.

Así que me reservaré las lecciones de vida para cuando toda la suerte que tengo deje de acompañarme, e intentaré limitarme a seguir apoyando y querer a quienes han tenido algo menos que yo. Lo que ellos tengan que contar me parece mucho más importante que lo mío.

  1. Ya se ha escrito más o menos todo sobre el teletrabajo

A menos que hayas desarrollado un traje que a la vez es un pijama, como los japoneses o que estés investigando en serio el fenómeno, creo que es difícil que se puedan aportar ya demasiadas cosas nuevas sobre el auge del teletrabajo. Efectivamente, muchos de nosotros hemos tenido que aprender a manejar trece plataformas de videoconferencia diferentes, descubrir que el proxy de la empresa bloquea justo la que tiene que usar tu jefe veinte minutos antes de la reunión más importante del año y aprender a llevarnos bien con los fondos random que nos ponemos en el Teams o con la molesta presencia de niños y mascotas.

Recuerdo cuando Cisco nos enseñaba sus salas de videoconferencia de alta tecnología y me hace gracia pensar que quizá muchas no se puedan usar porque no dejan espacio suficiente para garantizar la distancia de seguridad y porque probablemente se instalaron en entornos poco ventilados.

Por supuesto, hay margen para la innovación a la hora de hablar de estas cosas, pero creo que tienen que tener enfoques más atrevidos. “Así aprendí a participar en videoconferencias sin calzoncillos para poder sentir algo, lo que sea”, sería una lectura realmente interesante. 

  1. El día que la IA dejó de ser Inteligencia Artificial y nos convertimos todos en epidemiólogos aficionados. 

El problema de vivir en el barrio de La Paz es que está lleno de médicos. Así cuando intenté hacerme el listo hablando de la hidroxicloroquina, la mitad de los padres del parque ya estaban más puestos que yo y tenían repes los cromos de la dexametasona, el remdesivir y el regenerón.

Me conformo con haber entendido mejor que algunos medios de comunicación que el dato de los martes siempre es más alto sin que necesariamente tenga que ser un drama, y de contar con suficiente información que me viene de gente que ha empollado mucho más que yo.

Que sí, que yo también me he leído todos los papers que iban cayendo en mis manos, pero como muchos eran prepublicación, todo me recordaba a las crónicas del Madrid de Zidane. ¿Se publica algo que te da esperanza? Te mete ocho goles el Elche. ¿Estás convencido de que nos vamos al carajo? Siete partidos seguidos ganando y te llevas la Champions. Y La Libreta de Van Gaal, mientras tanto, forrándose a vuestra costa. 

Esta dichosa enfermedad ha sido el Super Mario Kart de las pandemias. Cada vez que un país piensa que lo ha hecho genial, llega una seta verde voladora a atizarle por detrás y devolverle a la casilla de salida. 

  1. Ya lo sé, has meditado más que yo, estás más guapo y delgado, entiendes mejor la vida, has pasado más tiempo con tus hijos y te has ido a vivir a tu pueblo a varear almendras. 

¿En serio tus lecciones van a consistir en presumir de que tienes más disciplina que nosotros? ¿De que ahora haces crossfit con las manos a la espalda? ¿De que tienes casa en el pueblo con fibra y piscina? ¿De que te salen mejor que a mí las coreos de TikTok? ¿De que entiendes las cosas que cuenta Ángel Martín sobre eSports y de que ganas 30 partidos seguidos en la Champions del Fifa? 

He llegado a ser un adulto razonablemente equilibrado aprendiendo todo lo importante de los Ignatius de la vida. De los gordos, de los payasos tristes y de gente que sabe lo que es pasarlas canutas. Los narcisos fibrosos son gente que va a verse envejecer y morir muy lentamente en Instagram. Puedes apostar por la salud, por estar majetón y por petarlo en el Tinder, pero si tu única apuesta es tu cuerpo, la entropía juega en tu contra. 

Algo tontorrón que aprendí este año, y sólo porque me lo dijo una chica con edad de ser la Ana Soria de alguien, fue que Tinder no tiene estrellas. Me pareció un disparate, pero luego me explicaron que sí puedes denunciar cuentas por mal comportamiento y me quedé algo más tranquilo. Que sepáis que yo conocí a mi mujer por Internet cuando vosotros todavía teníais ADSL… ¡Fui moderno! ¡Lo juro! 

  1. Luchar por tus sueños es una buena idea pero un mal consejo. 

Este año he visto a gente petarlo fortísimo con cosas. Ibai va a hacer las campanadas, Ángel Martín se ha inventado sus informativos express, Juan Gómez-Jurado ya no sabe como hacer para no vender libros como churros, Zack Snyder ha conseguido que le paguen el remake de la película que abandonó tras el suicidio de su hija, mis primos han levantado financiación para Tebrio, que es la empresa de gusanos que nos dará a de comer todos en el futuro, los creadores de Sweet Home han conseguido que me termine tamaña basura… Pero, aún así, me cuesta mucho recomendar a la gente que siga sus sueños.

En primer lugar, porque los sueños de mucha gente son memeces. Digámoslo ya sin complejos. “Quiero dejar mi aburrido trabajo de mucho ganar euros para convertirme en coach sobre alimentación sana” es una mandanga importante. Pero si lo haces y triunfas, ya no lo es. ¿Qué diablos sé yo sobre el mercado de coaches de alimentación sana como para dar consejos a nadie sobre seguir ese sueño en particular?

Una persona a la que quiero renunció hace poco a más responsabilidad y más pasta en un trabajo con futuro para volver a picar piedra porque ¡descubrió que era más feliz picando piedra! “Intenta hacer cosas y sé feliz a tu manera” es lo único que se me podría ocurrir si algún insensato me pidiera consejos de vida. 

  1. “Me importa un carajo tu dieta milagro, mi abuela ha muerto y necesito muchos muffins”

En estos meses he perdido algo de peso básicamente por seguir los pasos de mi sabia esposa y de su gurú tuitero de cabecera. Paradójicamente, he conciliado esto con aprender a hacer un arroz al horno que me recuerda lo bastante al que preparaba mi abuela Maruja y que produce con acierto el efecto “Magdalena de Proust”, devolviéndome a mi infancia. Hacer dieta y cocinar ricos arroces no parece muy compatible y, aún así, lo he logrado. 

Pero en algunos momentos de la crisis, especialmente cuando mi hermano se puso malito (ahora está fetén) yo necesitaba fuerte comer palmeras de chocolate. Ahora ya no, pero no juzgo a la persona que yo era en marzo. No juzgues tanto a la gente y menos a ti mismo, coñe. ¿Tú qué sabes qué diablos necesitan en cada momento? ¿Valen más tus opiniones que su chocolate? 

  1. Las miserias en compañía son menos miserias. 

En un momento dado de la crisis, cuando no sabía si el avión iba a ser sustituido ya para siempre por el coche de los Picapiedra e irse a pasar el Apocalipsis a la Sierra parecía que iba a ocupar para siempre el lugar del Imserso, un amigo me llamó por teléfono y me ofreció algo importante. Me preguntó si estaba bien y si necesitaba DINERO. Lo que no dejo de pensar desde entonces es que si lo hubiese necesitado ¡me lo habría dado! 

En ese momento sentí que me había pasado la vida. Que te digan que te aprecian está bien, pero que alguien te ofrezca un palo como si fueses el caballo Artax ayuda a que muevas los cuartos traseros y salgas de las arenas movedizas por tu cuenta. En este año peculiar, en el que por primera vez soy muy consciente de que hay quien se cree a pies juntillas que soy una mala persona, no he dejado de pensar en lo importante que resulta apoyar a la gente cuando pasa por un mal momento. Si una lista de consejos o lecciones incluye muchas referencias a querernos y apoyarnos cuando van mal dadas, cuenta con mi beneplácito absoluto. 

  1. No, no vas a recuperar el blog. Es bonito que lo creas, pero no va a pasar. 

Hazte una cuenta de Twitch, una newsletter o algo. ¡Aún puedes ser Youtuber! Cada vez que lees que el vídeo es el rey se debe a que, por algún motivo, parece que a la gente ya no le gusta mucho leer, por mucho que sea un mecanismo mucho más rápido y sensato para absorber información. Además, ¿quién demonios querría leer las tontadas que escribes? 

Y sí, es en este momento cuando el Lector Avispado ™ podrá aducir: “¡Espera, Uriondo! ¡Nos engañas! ¡Esto lo estoy leyendo en tu blog! ¡No has seguido escribiendo en LinkedIn! ¡Has actualizado el PHP, refrescado el tema, actualizado el CV y recuperado el control de tus contenidos! ¡Claro que se puede recuperar un blog!”.

No, en realidad no. Si miráis este blog dentro de un par de meses lo más probable es que ésta sea la última o penúltima entrada. Mi relación con uriondo.es suele circunscribirse a las vacaciones y otros momentos de buenos propósitos. Ya he estado ahí.

  1. Nunca digas que va a ser una lista con diez ítems si no los tienes preparados de antemano. 

Esto lo decía mucho en El Español. Mejor una lista de “Los ocho equis más ene” que intentar llegar a diez y llenar la inexorable página con paja insufrible que no aporta nada al pobre tipo que ha optado por dedicarte unos minutos gracias a tu habilidad con el clickbait.

¿Quiere decir esto que voy a dejar esta lista en nueve ítems sólo para daros una lección y recordármela a mí mismo? Sin duda. 

Aunque si tenéis un TOC importante y necesitáis completarla a toda costa, podéis imaginar un décimo artículo en el que os pido encarecidamente que seáis felices, os animo a aprender mucho sobre trenes, os emplazo a repasar mi hilo sobre series y pelis de 2020 por si veis algo que os guste, y os deseo lo mejor, a vosotros y a los vuestros. 

Muy feliz NO 2020

Varios amigos me han preguntado por qué edité Cómo evitar que tus hijos estudien Periodismo en Amazon. Muy sencillo. Era más fácil. Mucho más fácil. Tanto, que sólo pregunté a un editor amigo si le interesaba. La decisión la tomó él cuando me dijo que no tenía mucho sentido publicarlo porque “los jóvenes no leen y los periodistas quieren que les regales los libros”. Pero como ya lo tenía a la mitad y el coronavirus me aisló lo suficiente como para terminarlo, opté por la vía rápida: pedí a Fernando de Córdoba que me hiciese el cubiertón que lo ilustra, mi amigo Miguel me ayudó con las correcciones y tiré millas.

Desde entonces, y como ha funcionado razonablemente bien, aproveché las revisiones de muchos lectores para corregir cambios y le pedí a la ilustre Lorzagirl rehiciese la maquetación. Los amigos de Zenda me dejaron escribir sobre su creación; Hoy empieza todo de RTVE, Alex Ander en The Objective e Iñaki Berazaluce en Strambotic mostraron interés por él sin que hiciese más campaña que algunos tuits y le gané a la cosa suficiente dinero como para poder regalar a mi mujer una PS5 cuando salga a la venta. Pero en ningún caso lo hice por el dinero. Lo hice para que no se me olvidasen las cosas de periodistas que cuento, que supusieron veinte años de mi vida. La mejor recompensa ha sido que muchas personas, conocidos y señores que pasaban por ahí, me han dicho que disfrutaron de su lectura y que incluso aprendieron una o dos cosas.

El libro está a la venta por 15 euros en tapa blanda y por 4€ en Kindle, lo que me deja básicamente algo menos de 5€ de margen en la primera versiòn y unos 3€ en la segunda, si no recuerdo mal. Suficiente como para dejarlo macerar en la tienda online sin volver a mirar en esa dirección y viendo cómo suma de vez en cuando algún dinerillo sin esforzarme más que con un tuit acá y otro allá.

Sin embargo, algo me seguía molestando. Y es que si alguien quiere comprarlo en librerías no puede hacerlo. Bueno, en realidad como utilizo la distribución ampliada de Amazon creo que pueden conseguirlo a través de distribuidores americanos, pero no tengo claro cómo funciona y un amigo librero me dijo que es un lío porque incluso si pueden pedir unidades luego no podrían devolverlas.

Tenía todo esto bastante olvidado hasta que el otro día una librería de Castellón se tomó la molestia de encontrar mi número de móvil y me llamó para pedirme ejemplares que le habían encargado de la Universidad local. Y me pilló un poco descolocado. Hace un rato le he enviado los ejemplares solicitados y tendré que facturarle algo. ¿Pero qué margen me pongo?

Normalmente, con el sistema de editoriales, el autor se lleva en torno a una décima parte del valor del libro y la librería puede estar en un 30%. En este caso, si fuese un libro “normal”, tendría 1,5€ por cada ejemplar y el librero se quedaría 4,5€. El resto se repartiría entre gastos de producción, impresión y distribución.

Amazon me cobra en torno a 5€ por las copias de autor, incluyendo el envío a mi casa. Y he visto que el envío a una librería me sale por unos 2,5€. Siempre podría dejar a la librería el margen convencional de 4,5€ y quedarme yo con otros 3€. No estaría mal.

Pero como no lo hago por el dinero y me consta que muchas librerías están en un momento delicado, si algún comercio me vuelve a solicitar ejemplares para venderlos durante lo que queda de mes y en los meses de enero y febrero, se los enviaré sin ponerles margen. Si, por ejemplo, le pedís un ejemplar a vuestro librero cogolludense con un precio de portada de 15€, el librero se quedará con la mitad de ese importe. Y yo no ganaré nada.

A partir de marzo, o superados los 500 ejemplares (no va a pasar), les pondré un margen de un euro por ejemplar y seguirán ganándole 6,5€. Esto, en realidad, apenas me servirá para justificar las visitas a la sucursal de Correos que tengo junto a la oficina. Pero creo que es al menos un gesto con un tipo de pequeño comercio que ayuda mucho a reforzar el tejido social de los barrios y de las ciudades.

Con la librería de Castellón, Argos para más señas, ya hemos cerrado la transacción. Y es importante señalar que esto sólo puedo hacerlo bajo pedido. No puedo recoger invendidos, porque una cosa es no ganar dinero y otra perderlo, y además entiendo que tener esto en stock a fondo perdido es un ejercicio de fe improbable. Pero es lo que puedo hacer, ni más ni menos.

Ya, ya sé que es improbable que vayan a recibir muchos pedidos de mi estúpido, estúpido libro. O que sirva de algo en el gran esquema de las cosas. Pero tengo amigos en el sector y me hará ilusión hacer algo por ellos, aunque sólo sea esto.

Aunque la Fundeu recomienda utilizar «crac», en su sonrisa siempre sonaba a «crack». Esa ‘k’ no era negociable. «Crack de los cracks», nos llamaba a todos los integrantes de su pequeña familia de la sección de Empresas de La Gaceta de los Negocios. Un pequeño periódico económico que, al menos en tiempos de Juan Pablo Villanueva, se batía el cobre con enorme dignidad. Muchos de los primeras espadas que hoy lideran medios nacionales estuvieron allí en un momento u otro. Lo digo sólo por poner en valor le etapa periodística de Fran Ruiz Antón, un hombre bueno que desde muy joven supo lo que era guiar equipos y que acaba de dejarnos un poco huérfanos.

Para él siempre fuimos los mejores. Lo que implicaba que teníamos que comportarnos como los mejores. Incluso cuando dejó de ser mi jefe, como amigo nunca dejó de exigirme la excelencia. A mí y a todos. He repasado nuestros mensajes de los últimos años y casi todo son alabanzas por nuestros mejores artículos y críticas por los peores. Cuando te criticaba, siempre con el mejor de los tonos, te dolía porque sabías que le habías defraudado. No porque tuviese mala opinión de ti, sino porque él estaba convencido de que eras capaz de dar mucho más.

Como mi padre se fue pronto de casa, una parte de mí siempre ha buscado referentes masculinos que tapasen el agujero que dejó. Y con Fran me tocó la lotería. Fue la primera persona que me fichó para trabajar en otro medio. El que me convenció de salir de Europa Press, después de sólo tres meses cubriendo Telecomunicaciones, para cubrir el puesto que había dejado vacante mi amiga Ana Tudela. Sé que Antonio Lorenzo tuvo también mucho que ver con eso, pero Fran fue quien me hizo la entrevista.

Cuando tuve que salir de un periódico ya en desbandada para irme a trabajar a Actualidad Económica, lo único que me aterraba era decepcionarle. Cuando se lo dije hizo apenas unos amagos de indignarse antes de dejarme partir como un amigo. Tuve que hacerlo por teléfono, en la puerta de la cafetería de El Corte Inglés de Avilés. No lo digo porque sea importante, sino porque es curioso que aún me acuerde de dónde sucedió.

Digo a menudo que todo lo bueno que tengo como jefe se lo debo a Fran y que todo lo malo es culpa mía. Cuando me he sentido bajo de ánimo, cuando las cosas no iban como esperaba, cuando los proyectos se han hundido, la solución siempre ha sido pensar en Fran y preguntarme qué habría hecho él. La respuesta siempre ha sido fácil: sonreír, arengar a las tropas, comerme el sapo y seguir adelante.

En La Gaceta existía la sensación, que a veces compartieron conmigo compañeros de otras secciones, de que en Empresas éramos los niños bonitos de la casa. Era por Fran, que hacía cosas como llevarnos a todos a una convivencia en Aranjuez para hacer piña entre el balneario y el casino.

En otra ocasión nos llevó a pasar el fin de semana a su casa de Granada. Para él, era importante que amásemos sus paisajes, pero también que nos sintiésemos un equipo. Esa unidad, ese cariño, esa forma de vernos a todos como a sus espartanos, me moldeó para siempre. Aún seguimos quedando todos cada Navidad a cenar en el mismo chino. 

Mucho antes de que hablásemos de combatir la masculinidad tóxica, Fran era su antítesis. Su tolerancia y respeto hacia todo me cambió para siempre. Su filiación era de todos conocida, pero para un ateo de 27 años lleno de prejuicios basados en la ignorancia, supuso la confirmación definitiva de que, hasta ese momento, yo había sido un imbécil. Él siempre supo que no creíamos en las mismas cosas y siempre me trató como si lo hiciésemos.

Aunque Miguel Elizondo escribió una pieza deliciosa sobre Fran, y me convenció de firmarla con él, porque es verdad que pasamos ese último fin de semana en vela hablando de su figura y de esa suerte que tuvimos de tener un Ruiz Antón en nuestra vida. Y pese a que El Mundo publicó después un obituario ejemplar, con el maravilloso titular de ‘La sonrisa de Google’, sigo con ganas de leer mil millones de las anécdotas que no conozco.

He leído ya varias cosas sobre su indiscutible bonhomía, su enorme sonrisa o su fuerte carácter. Pero hay otros rasgos de carácter que nunca se me olvidarán. Recuerdo mucho, por ejemplo, lo pillo que era. Especialmente para conseguir móviles de los operadores.

También recuerdo que, para él, era más importante convencer que vencer. Por motivos de rango, si él me pedía saltar yo sólo preguntaba hasta dónde. Incluso cuando no estaba de acuerdo con él, hacía lo que me pedía. Cerraba el pico, torcía el gesto y me ponía a ello. Él siempre se daba cuenta de mi actitud gruñona y me la echaba en cara. «Fran, hago lo que me dices porque eres mi jefe. Incluso puede que tengas razón. Pero ¿quieres además que te dé? ¿Quieres que sonría mientras lo hago? Pides demasiado de mí». No recuerdo ni una sola de las causas de esas discusiones, pero sí recuerdo que nunca le bastó con imponerse.

En el velatorio me apenó saber que estábamos una fracción de una fracción de quienes querríamos haber estado. El coronavirus no perdona. Pero me hizo ilusión ver a sus hermanos oficiando la misa y recordándonos que la fe de Fran le permitió estar preparado para este trance. Sus padres nos ofrecieron visitar la misma casa a la que él nos llevó, y todos sabíamos que lo decían de corazón y que nunca lo haremos. Entre máscaras y gel hidroalcohólico, todo el mundo se centró en lo bueno que tenía. Así que, con todo esto en la cabeza, empecé a pensar que en realidad Fran Ruiz Antón no se ha muerto. Que simplemente se ha pasado la vida, como si fuese una recreativa, y que tiene su récord apuntado, en letras grandes, exactamente donde a él le hubiera gustado que estuviese.

Me di cuenta de que mi dolor ya no era tanto por él, que se fue en paz y después de haber vivido una vida plena en su fe, sino por mí. Que me dolía todo lo que iba a perderme, todo lo que ganaba hablando con él. Que mi dolor era egoísta e injusto, basado en el apego y en mis propios remordimientos. ¿Le llamé tanto como hubiera debido? ¿Llegó a saber lo que significó para nosotros? Su familia y amigos me ayudaron a creer que sí.

Miguel Elizondo, con su hermoso texto, me dio además herramientas para soportar el duelo. Me hizo pensar en toda aquella gente que no tuvo la suerte de conocerlo, que no podía llamarle por teléfono para discutir sobre Internet, periodismo, o sus acciones de El Español. Fueron menos afortunados que nosotros.

Me ayudó a pensar en que, si no podemos tener a Fran, podemos intentar ser como él. Generosos, divertidos, alegres, trabajadores… Buscar lo mejor para nosotros y para los demás, ayudarles a encontrar la mejor parte de sí mismos, empujarles más allá de sus limitaciones y permitirles crecer.

Por mi parte, seguiré intentando vivir a la altura de sus expectativas. Sus espartanos de La Gaceta tenemos velando por nosotros a un ángel rubicundo que, siempre con el mejor móvil del mercado, nos ayuda a seguir luchando. A intentar convertirnos, algún día, en esos cracks de los cracks que él siempre vio en nosotros. Mucho más que nosotros mismos.