Aunque la Fundeu recomienda utilizar “crac”, en su sonrisa siempre sonaba a “crack”. Esa ‘k’ no era negociable. “Crack de los cracks”, nos llamaba a todos los integrantes de su pequeña familia de la sección de Empresas de La Gaceta de los Negocios. Un pequeño periódico económico que, al menos en tiempos de Juan Pablo Villanueva, se batía el cobre con enorme dignidad. Muchos de los primeras espadas que hoy lideran medios nacionales estuvieron allí en un momento u otro. Lo digo sólo por poner en valor le etapa periodística de Fran Ruiz Antón, un hombre bueno que desde muy joven supo lo que era guiar equipos y que acaba de dejarnos un poco huérfanos.

Para él siempre fuimos los mejores. Lo que implicaba que teníamos que comportarnos como los mejores. Incluso cuando dejó de ser mi jefe, como amigo nunca dejó de exigirme la excelencia. A mí y a todos. He repasado nuestros mensajes de los últimos años y casi todo son alabanzas por nuestros mejores artículos y críticas por los peores. Cuando te criticaba, siempre con el mejor de los tonos, te dolía porque sabías que le habías defraudado. No porque tuviese mala opinión de ti, sino porque él estaba convencido de que eras capaz de dar mucho más.

Como mi padre se fue pronto de casa, una parte de mí siempre ha buscado referentes masculinos que tapasen el agujero que dejó. Y con Fran me tocó la lotería. Fue la primera persona que me fichó para trabajar en otro medio. El que me convenció de salir de Europa Press, después de sólo tres meses cubriendo Telecomunicaciones, para cubrir el puesto que había dejado vacante mi amiga Ana Tudela. Sé que Antonio Lorenzo tuvo también mucho que ver con eso, pero Fran fue quien me hizo la entrevista.

Cuando tuve que salir de un periódico ya en desbandada para irme a trabajar a Actualidad Económica, lo único que me aterraba era decepcionarle. Cuando se lo dije hizo apenas unos amagos de indignarse antes de dejarme partir como un amigo. Tuve que hacerlo por teléfono, en la puerta de la cafetería de El Corte Inglés de Avilés. No lo digo porque sea importante, sino porque es curioso que aún me acuerde de dónde sucedió.

Digo a menudo que todo lo bueno que tengo como jefe se lo debo a Fran y que todo lo malo es culpa mía. Cuando me he sentido bajo de ánimo, cuando las cosas no iban como esperaba, cuando los proyectos se han hundido, la solución siempre ha sido pensar en Fran y preguntarme qué habría hecho él. La respuesta siempre ha sido fácil: sonreír, arengar a las tropas, comerme el sapo y seguir adelante.

En La Gaceta existía la sensación, que a veces compartieron conmigo compañeros de otras secciones, de que en Empresas éramos los niños bonitos de la casa. Era por Fran, que hacía cosas como llevarnos a todos a una convivencia en Aranjuez para hacer piña entre el balneario y el casino.

En otra ocasión nos llevó a pasar el fin de semana a su casa de Granada. Para él, era importante que amásemos sus paisajes, pero también que nos sintiésemos un equipo. Esa unidad, ese cariño, esa forma de vernos a todos como a sus espartanos, me moldeó para siempre. Aún seguimos quedando todos cada Navidad a cenar en el mismo chino. 

Mucho antes de que hablásemos de combatir la masculinidad tóxica, Fran era su antítesis. Su tolerancia y respeto hacia todo me cambió para siempre. Su filiación era de todos conocida, pero para un ateo de 27 años lleno de prejuicios basados en la ignorancia, supuso la confirmación definitiva de que, hasta ese momento, yo había sido un imbécil. Él siempre supo que no creíamos en las mismas cosas y siempre me trató como si lo hiciésemos.

Aunque Miguel Elizondo escribió una pieza deliciosa sobre Fran, y me convenció de firmarla con él, porque es verdad que pasamos ese último fin de semana en vela hablando de su figura y de esa suerte que tuvimos de tener un Ruiz Antón en nuestra vida. Y pese a que El Mundo publicó después un obituario ejemplar, con el maravilloso titular de ‘La sonrisa de Google’, sigo con ganas de leer mil millones de las anécdotas que no conozco.

He leído ya varias cosas sobre su indiscutible bonhomía, su enorme sonrisa o su fuerte carácter. Pero hay otros rasgos de carácter que nunca se me olvidarán. Recuerdo mucho, por ejemplo, lo pillo que era. Especialmente para conseguir móviles de los operadores.

También recuerdo que, para él, era más importante convencer que vencer. Por motivos de rango, si él me pedía saltar yo sólo preguntaba hasta dónde. Incluso cuando no estaba de acuerdo con él, hacía lo que me pedía. Cerraba el pico, torcía el gesto y me ponía a ello. Él siempre se daba cuenta de mi actitud gruñona y me la echaba en cara. “Fran, hago lo que me dices porque eres mi jefe. Incluso puede que tengas razón. Pero ¿quieres además que te dé? ¿Quieres que sonría mientras lo hago? Pides demasiado de mí”. No recuerdo ni una sola de las causas de esas discusiones, pero sí recuerdo que nunca le bastó con imponerse.

En el velatorio me apenó saber que estábamos una fracción de una fracción de quienes querríamos haber estado. El coronavirus no perdona. Pero me hizo ilusión ver a sus hermanos oficiando la misa y recordándonos que la fe de Fran le permitió estar preparado para este trance. Sus padres nos ofrecieron visitar la misma casa a la que él nos llevó, y todos sabíamos que lo decían de corazón y que nunca lo haremos. Entre máscaras y gel hidroalcohólico, todo el mundo se centró en lo bueno que tenía. Así que, con todo esto en la cabeza, empecé a pensar que en realidad Fran Ruiz Antón no se ha muerto. Que simplemente se ha pasado la vida, como si fuese una recreativa, y que tiene su récord apuntado, en letras grandes, exactamente donde a él le hubiera gustado que estuviese.

Me di cuenta de que mi dolor ya no era tanto por él, que se fue en paz y después de haber vivido una vida plena en su fe, sino por mí. Que me dolía todo lo que iba a perderme, todo lo que ganaba hablando con él. Que mi dolor era egoísta e injusto, basado en el apego y en mis propios remordimientos. ¿Le llamé tanto como hubiera debido? ¿Llegó a saber lo que significó para nosotros? Su familia y amigos me ayudaron a creer que sí.

Miguel Elizondo, con su hermoso texto, me dio además herramientas para soportar el duelo. Me hizo pensar en toda aquella gente que no tuvo la suerte de conocerlo, que no podía llamarle por teléfono para discutir sobre Internet, periodismo, o sus acciones de El Español. Fueron menos afortunados que nosotros.

Me ayudó a pensar en que, si no podemos tener a Fran, podemos intentar ser como él. Generosos, divertidos, alegres, trabajadores… Buscar lo mejor para nosotros y para los demás, ayudarles a encontrar la mejor parte de sí mismos, empujarles más allá de sus limitaciones y permitirles crecer.

Por mi parte, seguiré intentando vivir a la altura de sus expectativas. Sus espartanos de La Gaceta tenemos velando por nosotros a un ángel rubicundo que, siempre con el mejor móvil del mercado, nos ayuda a seguir luchando. A intentar convertirnos, algún día, en esos cracks de los cracks que él siempre vio en nosotros. Mucho más que nosotros mismos.

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